Educar la afectividad

Educar tiene que ver con ayudar a los educandos a ser mejores, a valerse por sí mismos, a conocer la realidad, a dotar de sentido sus vidas, etc. Estos fines requieren responsabilidad, lealtad, veracidad, disciplina y otros. Piénsese, por ejemplo, en un médico: en promedio son 07 años de estudio y la capacidad de apreciar la vida de las personas que le encarguen; o el técnico electricista que estudia tres años para estar apto en el trabajo con alta y baja tensión bajo unas estrictas normas de seguridad.

Estos fines los tenemos claros (qué padres no esperan que sus hijos sean mejores que ellos) pero cómo se llega allí, cómo se hace… entonces el acuerdo no es tan uniforme.

Pues bien, una “piedra angular” de la educación de toda persona es la formación de sus sentimientos, de su afectividad. La formación de la afectividad tiene que ver con el gobierno racional de las diversas tendencias que experimentan las personas. Estas tendencias tienen su asiento en el carácter corporal de la existencia humana: nuestro cuerpo siente y experimenta pasiones, emociones. Las mismas que pueden clasificarse en concupiscibles (deseo de placer o impulso de vida) e irascibles (impulso de agresividad o de muerte). Las primeras inclinan a buscar lo placentero y a evitar lo que se percibe como nocivo; las segundas mueven a resistir la adversidad y a conseguir el bien arduo ausente.

Conviene aprender a controlar racionalmente las pasiones para que nos muevan hacia lo que nos conviene. El agrado o desagrado no es buen motivo para actuar, cuando alguien se deja llevar por sus pasiones asume muchos riesgos. Por ello, conviene adquirir un dominio de las emociones: una capacidad de pensar lo que me pasa para escoger mis objetivos y la fuerza de voluntad suficiente para ir tras ellos.

Pero este autodominio no tiene sentido si perdemos de vista la orientación hacia los demás, hacia el amor: sin el amor nuestras emociones pierden su sentido, su belleza y la fuerza que nos proporcionan para enfrentar la vida. Amar es algo para lo cual todos estamos aptos pero que aprendemos poco a poco a lo largo de la vida, no amamos de entrada.

La madurez afectiva es una de las piezas claves para esto. Sin ella difícilmente puede amar de verdad una persona y así aspirar y disfrutar las cosas buenas de la vida (la profesión, la amistad, el matrimonio, la paz social, etc.)

El ambiente de familia es el lugar normal y originario para la formación afectivo- sexual de los niños y de los jóvenes y la escuela apoya a la familia en esta misión. En el hogar se deben aprender las virtudes necesarias para dirigir las emociones y amar de corazón, pero si la familia no está bien, ¿cómo podría estarlo el individuo?

David Arévalo

Publicado en Boletín Salesiano (2010)

Publicado el julio 26, 2011 en Educación y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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