Calidad educativa para las personas

La calidad educativa es una aspiración constante para las autoridades y para las familias que esperan un efectivo apoyo en la formación de sus hijos. En nuestro país, la creciente creación de instancias y procesos de “Acreditación” es una muestra de este compromiso. En ese sentido todas las previsiones son bienvenidas y por eso en las escuelas contamos con detallados planes, programaciones y presupuestos. Sin embargo, cabe llamar la atención sobre un factor antropológico que es neurálgico a todo el sistema educativo.

Calvin-learning1

Imaginemos un carpintero trabajando: Separa la madera, los clavos, el pegamento, la pintura, escoge las herramientas, revisa minuciosamente el diseño del mueble a fabricar… Marca, corta, pega, cepilla, lija, pinta… Y tenemos una mesa, por ejemplo. Por otro lado, recordemos a un alumno aprendiendo historia: saca de la mochila lápiz, cuaderno, libro… Se acomoda en su asiento, piensa, pregunta, escucha, escribe y… nada más.

Fijémonos en el resultado: Cuando el carpintero culmina su actividad tenemos con nosotros un objeto útil, observable, medible, en fin, cuantificable. En cambio, cuando el alumno termina su clase de historia no tenemos nada tangible nuevo, solamente está el mismo alumno que entró a la clase… Claro es que hay resultados de su aprendizaje pero están “en” él, no fuera de él.

La primera actividad es transitiva (culmina en algo externo al sujeto), y la segunda es inmanente (sus resultados permanecen en el sujeto). Aristóteles notó esta diferencia y explicó que hay algunas actividades cuyo principio, fin y resultado están ya dados en y al operar; a diferencia de estas operaciones, hay otras cuyo término y resultado son posteriores y externos a la actividad.

Es que los efectos del aprendizaje son inmanentes a la persona, están en ella y se quedan con ella: el acontecimiento del conocer indica que nuestros alumnos son personas que tienen una “intimidad” o “interioridad” propia. Al educador le toca ayudar a que esa interioridad despliegue positivamente sus facultades para que se vaya desarrollando un individuo maduro y bien preparado para afrontar los compromisos que vaya asumiendo en la sociedad. Por ello, tradicionalmente se ha explicado que la educación se ocupa de “sacar afuera” (ex- ducere) y perfeccionar las facultades de los educandos.

Aquí se encuentran la libertad del educador con la libertad de cada alumno ya que libremente puede emprender el desarrollo de sus facultades o no. A su vez, la libertad evidencia el carácter personal de la educación: es tarea de cada uno -aunque nos afecta a los demás-; la responsabilidad recae de manera creciente en el alumno ya que es su protagonista. Ya podremos ensayar las mejores estrategias y técnicas para el aprendizaje; ya podemos contar con los mejores recursos pedagógicos… Si el alumno no quiere…

Por eso, aunque tengamos planes y programas debemos estar alerta y preguntarnos si estamos priorizando el carácter personal de nuestros alumnos, ¿consideramos que, al igual que sus educadores, los alumnos son personas únicas que tienen una misión en la vida que descubrir y desarrollar libremente dando lo mejor de sí?, ¿contamos con medios específicos para la atención personal de los chicos?

La acción educativa siempre es personal ya que está dirigida por personas y para personas, sin embargo, el carácter social de la escuela podría inducirnos a masificar a nuestros alumnos e ignorar la singularidad de cada uno. Por esto algunos explican que aprender es un proceso de construcción y enfatizan mucho la planificación y la medición “exactas” ya que como sucede en cualquier construcción, con los “ingredientes” adecuados (input), el resultado o “aprendizaje esperado” (output) se realizaría inexorablemente. De acuerdo a esta perspectiva, la calidad educativa sería verificable mediante estándares medibles al modo como se hace en los procesos de acreditación industrial.

Me parece que en la educación es más apropiado apelar a la decisión libre del alumno para dar lo mejor de sí, aún a pesar de las dificultades que le condicionen. Es decir, el alumno[1] puede ir mucho más allá de lo previsto porque posee en sí un potencial inagotable que se va actualizando merced a la ayuda de sus padres y educadores.

Publicado en Antesala, Agosto 2015.

[1] También el educador. Comprenderlo plantea un nuevo desafío a sus directivos.

Acerca de David Arévalo

Soy un Educador y Profesor de Filosofía.

Publicado el septiembre 7, 2015 en Pensamiento y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: