Las personas pueden educar personas

Juan Carlos conocía su dispositivo casi a la perfección (instalación del chip, configuración, ahorro de batería y megas, sistema operativo, capacidad de la memoria interna y RAM, megapíxeles de las fotos, sincronización de cuentas, etc., etc.) Sus compañeros en el colegio solían consultarle cuando tenían problemas con sus dispositivos, cuando querían hacer materiales para las clases o para crear preparaciones interactivas para las presentaciones con los padres de familia de los alumnos. En fin, Juan Carlos era un capo de la computación y de las matemáticas, que era la materia que dictaba en el colegio.

Un día, mientras tomaba una gaseosa durante el recreo junto a un compañero, observaba la vehemencia con que los chicos jugaban un partido de fulbito y comentaba con el otro profesor si acaso los chicos estarían haciendo lo mismo con sus estudios y si luego, cuando sean adultos, mantendrán ese entusiasmo en su trabajo profesional. Depende -respondió el colega. Si les gusta y ponen pasión a lo que hacen, seguramente llegarán lejos y se lo pasarán genial. En esos momentos sonó el timbre y volvieron a sus labores del día.

Para Juan Carlos no es nueva esa respuesta ante los interrogantes de la vida. La encontró en la última película que vio durante el fin de semana con su novia y la leyó tanto en la publicidad de una conocida universidad como en el libro de autoayuda que recientemente el colegio le regaló por el día del maestro. Sin embargo, algo no cuadraba: no todo lo que hacía estaba acompañado de “pasión” y no todo lo que proponía a los chicos contenía o llevaba a la “pasión” de la que tanto se habla.

¿Habrá algo más?, ¿será el hombre un individuo llamado al apasionamiento?, ¿la “pasión” será lo mismo que la felicidad?, ¿hay que estimular en los alumnos la “pasión”? Comenzó a considerar que sabía más de dispositivos que de su propia vida o de la de los alumnos.

En realidad, este caso es típico en la vida de cualquier persona: detectar la vitalidad de la existencia y confrontarse con la versión de vida buena que está en boga. Sin embargo, ¿cómo puede hacer la persona de a pie, que está ocupada con mil responsabilidades y sus correspondientes exigencias?, ¿es accesible ese “algo más” de la existencia humana o solo nos queda conformarnos a un rol social y una aspiración sensual como sostén de nuestros esfuerzos?, ¿será cierto que “el hombre es una pasión inútil” (Sartre)?

Lo primero que conocemos de los demás es lo que nos muestran, lo que hacen. En breve, sus acciones y el fundamento de las mismas: la esencia humana. Ese conocimiento es fruto de la mera interacción que se establece entre los sujetos, en cualquier contexto y en particular en el educativo. Detectar el nivel esencial de la vida humana es muy importante para saber cómo conducirla ya que, aunque la esencia es algo que encontramos en igual medida en cualquier ser humano (ninguno es más humano que otro), no está igualmente desarrollada en todos. Por esta vía se avanza en el conocimiento de uno mismo, de lo que somos.

Pero, Juan Carlos no parece quedarse en ello con su observación y es que percibe la manera en que los chicos se conducen a sí mismos durante el juego y se cuestiona si podrán seguir conduciéndose a sí mismos de similar manera en otros escenarios. Por las dudas que le quedan ante el comentario de su colega, tal vez tenga en mente algo diferente a la mera vehemencia externa; ¿acaso haya descubierto el ejercicio de libertad que asoma durante el juego?

Evidentemente, para conocer a los demás no basta con observarlos durante sus actividades. Hace falta tratarles. En el trato, se hace eminente la dimensión personal de los interlocutores: dos intimidades que se despliegan a través de su modo de ser particular.

¿Habrá alguna diferencia fundamental entre el educador y el educando? Pues, tal vez una se encuentra en la experiencia: el primero sabe más que el segundo, tiene más recorrido. Por eso se les llama maestros (magis iter: el que tiene más camino) y es que poseen un saber que conviene a sus alumnos.

La radicalidad de la persona es descubierta cuando prescindimos de los estereotipos y cuando vemos a través del cristal que representa el modo de ser por medio del cual interactuamos. ¿Y qué es lo que el maestro “ve” de la persona de su alumno? Ve a otra persona que estrena su libertad, que tiene muchas capacidades -talentos- y que está instalada en la historia en un plexo de relaciones tanto personales como mediales; ve a un quien que está aprendiendo a hacerse cargo de su propia vida y que está buscando la misión que le toca para encauzar sus empeños; ve a una persona que por su escaso conocimiento de sí y del mundo es torpe en su actuación.

¿Qué le toca al educador?, ¿cuál es su tarea ante la persona de sus alumnos? El conocimiento de la persona que son sus chicos, ¿es indiferente para su actividad; mejor, para su misión?  No, no lo es. De hecho, sin la persona de sus alumnos carece de sentido su actividad y no podría llevarse a cabo (si los alumnos fueran meros animalitos adiestrables, bastarían sistemas automatizados de crianza colectiva, no una persona educadora).

Pues bien, en mi humilde opinión, estas coordenadas dibujan claramente la misión del educador: “ayudar a crecer” (Polo) a su alumno, ayudarle a desarrollar sus talentos de forma personal, es decir, que el alumno ponga en juego su propio concurso en la mejora de su vida. La plataforma a partir de la cual puede llevar a cabo eficazmente esta tarea es la institución que, en colaboración con la institución familiar, ofrece este servicio de forma sistemática: la escuela que, en rigor, no educa sino que son los educadores que se encuentran en ella quienes se encargan de contribuir en la educación de la persona de sus alumnos.

Hace falta “conocer” a los chicos. La condición para llevar a cabo la educación es el encuentro interpersonal que se hace mediante el trato: intimidad manifestada, libertad con libertad en una clave muy precisa: acoger y exigir. Acoger a la persona única e irrepetible de nuestros alumnos con sus talentos y sus dificultades. Y exigir, esto es, disponer los medios y orientar para que el alumno se esfuerce en sacar provecho de sus talentos… el alumno ha de ser mejor: contribuir a ese objetivo es la misión del educador.

A medida que Juan Carlos trate a sus alumnos -uno por uno (personalmente)- conocerá mejor la persona que son y también irá descubriendo quién es él y cuál es su misión ante ellos. Es una curiosa paradoja: dando se recibe, olvidándose de uno mismo por mor de los demás, acaba uno encontrándose a sí mismo.

Anuncios

Acerca de David Arévalo

Soy un Educador y Profesor de Filosofía.

Publicado el julio 21, 2017 en Educación, Pensamiento. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: