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Trabajo y felicidad


Hace poco descubrí un libro precioso en la biblioteca de mi colegio. Se trata del libro “El elemento” de Sir Ken Robinson.
No pretendo reseñarlo aunque sí aprovecho esta tribuna para comentarlo y recomendarlo.
Podría decir que este texto es una invitación a evaluar si somos felices y hacemos felices a los demás con nuestro trabajo ya que relaciona las variables profesión, talentos y felicidad.
Con la ayuda de innumerables ejemplos de personas destacadas, el autor nos reta a considerar si hemos hallado y apreciado nuestro “elemento”, es decir, los propios talentos y si les estamos sacando todo el provecho que se puede, ya que cuando los descubrimos y aprovechamos las cosas se vuelven más fáciles y nuestra creatividad se dispara: como cada persona es única, ellos nos permiten hacer la diferencia dondequiera que estemos y su crecimiento parece no parar nunca.
En estas líneas se nos invita a pensar de forma diferente ya que a diferencia de los prejuicios o estereotipos vigentes, más que carreras de futuro, hay hombres de futuro. De ahí que para elegir la profesión y el empleo haya que tener en cuenta el conocimiento de los propios talentos.
Poco a poco, Robinson desvela ante el lector los entresijos de esta manera de enfocar la vida y el trabajo. Va desde el cambio de mentalidad hasta la necesidad de encontrarse con otros como uno, con talentos e intereses similares (“la tribu”). De fondo, reitera la importancia de conocerse a uno mismo para identificar en qué somos buenos y tener la valentía de hacer las cosas con esperanza en que nuestro talento puede llevarnos lejos.
De paso, y muy a su estilo, hace una crítica a la versión impersonal de los sistemas educativos vigentes que, al masificar a sus estudiantes no ayudan al autoconocimiento de los talentos y acaban ahogándolos con multitud de cosas políticamente correctas.

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Educar a los hombres no es como llenar un vaso, es como encender una hoguera (Aristófanes)


En este video, el profesor Ken Robinson pone de manifiesto los orígenes del “sistema” educativo que con ciertas variaciones, todavía se mantiene vigente en nuestra sociedad.

¿Acaso nuestra manera de comprender la educación comparte estos supuestos que a fin de cuentas, nos presenta a un estudiante- máquina? Un individuo que -con los debidos ingredientes (“correcta” conducta, tareas cumplidas, lecturas homogéneas, uniforme pulcro, libros, cuadernos, buenas notas, deporte, puntualidad, etc., etc.) deba darnos un resultado medible y cuantificable. En otras palabras, ¿basta con el input para establecer un output previsible en las personas?

Pienso que al comprender mejor a los protagonistas del acontecimiento educativo en la escuela, esto es, los alumnos y los maestros, podríamos ubicarnos mejor ante esa desafiante y arriesgada actividad que pivota en gran medida en el intangible factor de la libertad.

Con ello aclarado entonces es más fácil determinar los fines: ayudar a crecer a las personas en lo que les es más propio (desarrollar sus facultades, encontrar el destino que a cada le ha tocado en la vida, etc.).

A su vez, esclareciendo los fines, los medios (currículo, materiales, infraestructura, normas) cobran un sentido más potente y se colocan al servicio de las personas.

En fin, sobre esto hay todavía mucho que profundizar, pero repito: cada persona es mucho más que lo que conocemos de ella y puede llegar mucho más -también mucho menos- lejos de las condiciones en que se encuentra.

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